sábado, 7 de junio de 2014

De Príncipe a Príncipe



Agosto de 1975, Franco hospitalizado y el Príncipe Juan Carlos ejerciendo funciones de Estado.

Un momento de gran inquietud política y a mi se me ocurre que quiero conocer Moscú. Tenía la sensación de que “ahora o nunca”.

Para ello le propongo a SEAT la promoción del nuevo modelo “Seat 133”. Un viaje que se llamará “Madrid-Moscú en 133 horas”. Gusta en Seat la idea y nos lo patrocinan. Ahora me doy cuenta que, posiblemente, fuimos los únicos intrépidos en cruzar el “telón de acero” en coche en toda la historia de eventos promocionales.

La cosa no estaba para bromas y me ponían cara de cuerno en todas mis gestiones para obtener los permisos y visados necesarios. Entonces se me ocurrió la idea de ir a la oscura Delegación Comercial de la URSS situada en un chalet en una calle del Viso de Madrid.  Tras pasar por el control de una señora voluminosa y con cara de pocos amigos, esperamos al Delegado Comercial, era Igor Ivanov. Un tipo encantador, con mucho sentido del humor, hablando un correctísimo español por su larga estancia en Cuba y jefe camuflado de la KGB en España. Nos hicimos muy amigos con estupefacción por parte de algunos amigos de mi padre pertenecientes al Estado Mayor del Ejército.

En una reunión muy distendida nos prometió resolver todos nuestros problemas y lo hizo. En el tiempo record de un mes habíamos conseguido todos los permisos.

Y así, una mañana de agosto del setenta y cinco salimos camino de nuestro objetivo turístico. Dos coches, en uno mi marido y yo, en el otro nuestro amigo Anulfo y su mujer. La noche anterior habíamos decorado los coches con las banderas de los países que íbamos a cruzar. La primera era la española del “pollo” y la última la de la hoz y el martillo.

Todo fue bien hasta la verdadera frontera, la del telón de acero, Alemania-Checoslovaquia. Una carretera angosta que subía hasta el control. Unos policías vestidos de verde que no repararon en malas caras y gestos abruptos. A mi me sacaron del coche a empujones y miraron hasta los bolígrafos desenroscándolos para mirar dentro. No llevábamos protección oficial de ningún tipo, solo una carta de Fiat Italia que decía que éramos inocentes…

Pilsen fue la primera ciudad en la que dormimos. Yo en el suelo porque el colchón tenía un aspecto horrible. Daba la sensación de que nos vigilaban pero discretamente.

Un viaje revelador. Un sistema de orden policial en el que nosotros éramos objeto de observación y sospecha. Teníamos la seguridad de que íbamos “bien recomendados” por Igor Ivanov, pero a pesar de eso estábamos en el epicentro de un régimen con el que nos habían metido miedo durante años.

Excepto algún error al preguntarnos por el Príncipe “José Carlos” y caras de circunstancia cuando nos preguntaban por Franco el trato no fue demasiado malo. Eso sí, la policía no nos ahorraban gestos despectivos mientras pronunciaban la palabra España.

Cruzamos Polonia, la Bielorusia con escalas en Minsk y Smolensko. Cuatro días en Moscú y vuelta cruzando Hungría, Austria, Italia y la Costa Azul francesa. Catorce mil kilómetros y veinte días con dos coches que eran dos latas de sardinas pero que aguantaron heroicamente. Lo de las 133 horas era, evidentemente, un mentira publicitaria.

Mis hijos Ignacio y Eduardo, que entonces tenían seis y cuatro años, cuando les preguntaban donde estábamos decían muy convencidos –“en Moscú”- sin entender la cara de asombro de los interrogadores.

Mientras nosotros vivíamos nuestra aventura, en España se estaba ya fraguando el futuro político y todas las miradas enfocaban al Príncipe. Los franquistas con convencimiento de continuidad, los exilados con escepticismo, las izquierdas con ánimo de revolución y la mayoría con la sensación de que “algo iba a pasar” porque Franco se moría.

Aquel viaje nos hizo conocer otro mundo totalmente adversario pero al final paralelo al nuestro y al regreso comprendimos que ni este ni aquel régimen podían durar mucho.

Cayó el franquismo, cayó el telón de acero pero el Príncipe Felipe va a vivir una situación parecida a la de su padre. Unos creerán en las bondades de la continuidad y otros reclamarán cambios. Complicado. Las transiciones monárquicas es lo que tienen. Si se fuera un Presidente de República no se alteraría nadie. Sería una transición normalizada por las urnas. Pero un relevo por herencia de sangre siempre suscitará controversia.


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