sábado, 28 de febrero de 2015

Caín y Abel eran de Guadapero

Este no es un relato Bíblico, es una historia real dedicada a mi amigo Martín Vicente Gilque agoniza en el Módulo de enfermería del Centro Psiquiátrico Prisión de Foncalent.

Abel vivió toda su vida en el pequeño pueblo de Guadapero donde todos le querían por ser inocente y bueno. Y él era feliz ayudando a todo el que lo necesitaba sin guardar rencor a las palizas, el hambre y el mal trato sufrido desde su más tierna infancia. Este mal trato tuvo como consecuencia una deficiencia (oligofrenia) producida por el abandono y la falta de estímulos intelectuales. Pero Abel era habilidoso en todos los quehaceres y trabajador.

Tenía un padre brutal con él, según los relatos de sus vecinos y familiares. Pero Abel creció por milagro de la naturaleza fuerte y sano. A edad joven se le incapacitó y se convirtió en rentable por percibir dos buenas pensiones. Tenía una hermanastra claramente deficiente a la que también se incapacitó y también pasó a percibir una buena pensión. De este modo Abel y su hermanastra se convirtieron en codiciadas rentas equivalentes a varias vacas o un buen rebaño de ovejas.

Muerto el padre y tutor de ambos, quedan sin tutoría oficial, pero la toma, a título oficioso el hermano Caín. A partir de ese momento, éste les administra.

Pasan los años y Abel y su hermanastra viven cada vez en condiciones más penosas. La casa se deteriora, no tienen cuarto de baño ni agua caliente, no tienen el mínimo confort pero ellos están agradecidos a las caducadas provisiones que Caín les trae de vez en cuando, porque no conocen la avaricia, ni la maldad.

Abel recibe cuidados de todo el pueblo, le invitan a comer, le bañan y afeitan y le encargan trabajos que le gratifican con sus dos pequeños vicios: el tabaco y el vino.

Es compulsivo y cuando puede no se controla con ninguno de sus dos vicios. Podría decirse que es un “borrachín eventual” pero no un alcohólico, ya que no tiene recursos para beber ni fumar todo lo que él quisiera.

Su conflictiva relación con su hermanastra, con la que se pelea continuamente avoca, un desgraciado día, en una agresión que lleva a la hermana al hospital y a Abel al calabozo.

A esto le sigue un juicio y Martín es condenado a dos años de prisión. La intervención de Fiscalía y su abogado de oficio hacen que la Juez le cambie la prisión por unas sesiones de terapia y un tratamiento para su alcoholismo.

¿Porqué si Abel no es alcohólico? Porque esto es lo que ha afirmado Caín en la visita al Forense. Así pues, queda pendiente de dicho tratamiento.

Pero nadie en el pueblo sabe de dicha sentencia, por lo que nadie en el pueblo se ofrece a llevar a Abel al Consultorio para cumplir su sanción como hubieran hecho de haberlo sabido. Caín se ha guardado la información sabiendo las graves consecuencias. Y así, pasados dos años, la Juez viendo que no se ha cumplido el tratamiento, revoca este y da orden de ingresar a Abel en prisión.

El pueblo entero, sin excepciones, firma una carta dirigida a la Juez y al Director de la Prisión de Foncalent. El Ayuntamiento de Serradilla del Arroyo y el de Guadapero aúnan esfuerzos para conseguir la excarcelación de Abel. Durante seis largos meses, con la total colaboración de un abogado amigo y el de oficio, de vecinos funcionarios de prisiones, en definitiva, de muchas almas buenas, se lucha por el inocente.

Todos saben que la prisión es una condena a muerte para Abel. Un hombre sencillo que es feliz en su precioso campo que recorre sin cansancio disfrutando de la libertad en la naturaleza. Él no entiende que ha pasado y su sufrimiento por la pérdida de la libertad y del estilo de vida que ha llevado hasta entonces sin conocer otra, le conducen al hundimiento moral.

Eso incide gravemente en su estado físico y el cáncer asesino agazapado, aprovecha la situación para apoderarse del organismo de Abel.

A Caín no le ha hecho falta una quijada de burro para asestarle el golpe mortal a su hermano. Ha bastado un sutil plan de negligencia intencionada.

Ya es tarde, solo nos queda traer a Abel cerca de nosotros para darle todo nuestro cariño en sus últimos momentos que van a ser de terrible sufrimiento, según predicen los médicos.

Caín, en el relato Bíblico, al ser interrogado por Dios de qué había hecho con su hermano respondió: “No se nada, ¿acaso soy yo el custodio de mi hermano?”. Fue castigado con la maldición de Dios para él y sus descendientes a vagar por el mundo llevando una marca para que todos supieran lo que había hecho.

Amigos, ya no me quedan lágrimas para llorar este fin cruel y adelantado de mi amigo Abel, en este mundo real mi amigo Martín Vicente Gil de Guadapero.

Ana de Rojas

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