jueves, 23 de julio de 2015

Cuando Franco....

Cuando Franco venía a Salamanca, se instalaba en casa de algún terrateniente amigo, cazaba y se marchaba. No pisaba la ciudad ni la provincia. Recibía en la dehesa en la que se había alojado y punto.

Una vez vino a Ciudad Rodrigo para una reunión con el Presidente de la República Portuguesa, se instaló en el Parador. Mi padre fue a saludarle, Franco le dijo: "hombre Montarco, estoy en sus tierras". Eso era lo más expresivo y "simpático" que daba de sí el Generalísimo. Alguna vez he pensado que sufría de misoginia o de inseguridad patológica.

Es común en los dictadores y en los malos gobernantes aislarse, escuchar solo las voces "palmeras" de los suyos e ignorar la realidad del ciudadano. Por eso duró tanto.

Adolfo Suárez, siendo Presidente del Gobierno de España, vino a Ciudad Rodrigo acompañado de nuestro paisano Salvador Sánchez -Terán, de Gutierrez Mellado y Manolo Delgado. El Presidente cenó en El Rodeo, jugó al mus en el Conde Rodrigo, paseó las calles de la ciudad, charló con la gente, se informó de cómo era la vida en esta comarca, se interesó por lo que se podía hacer por ella  y se fue dejando un gratísimo recuerdo.
Por eso duró tan poco.

El mal de un líder político es no saber elegir su equipo y el mal, si llega a gobernante,  es caer en un aislamiento maliciosamente propiciado por su guardia pretoriana. A más crecimiento más riesgo de no controlar los eslabones más bajos de la cadena de mando.
Los pequeños ambiciosos encuentran el hueco y de amigos en amigos van trepando los caciquillos de provincias, de municipios y demás órganos de poder.

Así, el líder que inicia su andadura creando un partido en el que todos sueñen su sueño de servicio público y regeneración democrática, no se da cuenta que ya está infiltrado por la peor ralea de ambiciosos de la silla pública.

Él ha podido crear un meticuloso código ético, tres escalones más abajo se lo han saltado a pídola. Por cumplir objetivos se acepta morralla, se apoya al rechazado de otros partidos, se admite al incompetente. Y ya está. Ya es un partido político como todos.

En breve tiempo se tendrá que enfrentar a escaramuzas de grupúsculos provincianos, a desencantados porque no han conseguido "colocarse" y aquel sueño de honestidad, de entrega generosa a la ciudadanía se disuelve en miserables ambiciones personales.

Mientras, en la cúpula miran extasiados el crecimiento, cifras, cuotas de poder, elaboran estrategias y se olvidan que allá lejos, en aquella provincia o municipios les han concedido su "marca" con inconsciente frivolidad a aquellos que se hacen visibles porque han sabido trepar o lamer. Y otros, valiosos, honestos, incapaces de jugar juego sucio, con experiencia, con sensatez, con verdadera convicción de los principios del partido, se quedan olvidados o rechazados precisamente por reunir los valores escritos en las tablas de la ley del partido, no tener ambiciones personales y si caudales de vocación de servicio.

El líder gana votos pero ya no manda. El poder está en manos de sus "fieles" subordinados y puede que gane unas elecciones, pero el ciudadano tendrá que vérselas con los cretinos que detentan el poder de la organización, la delegación, la  representación.

Y ellos le aislarán y distanciarán

Le dedico este artículo a mi amigo Liduvino Barbado Sánchez, un ejemplo de honestidad y valía.

Ana de Rojas

 




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